jueves, 25 de octubre de 2018

Prólogo

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El cielo celeste y blanco, el sol radiante y el campo verde aún en flor enseñaban la belleza de la época. Pero todo eso era opacado por la lúgubre figura de aquel extraño que parecía acarrear la muerte. Con túnica negra y una larga capucha que cubría su pálido rostro. Unos mechones dorados se dejaban escapar y resaltar a la vista, dejando algo de color en esa imagen de foto de antaño. Todo esto a una altura que sobrepasaba el metro ochenta. 
Tenía un andar de cuidado, un paso calmado y a medida. 
Era todo esto lo que traía misterio al hombre frente a una casa en medio del campo, de un anciano de apellido Bécquer. 
Samuel, el perro fiel del anciano, avanzó hasta el extraño y de golpe se detuvo para luego, con alegría y una cola juguetona, recibirlo. Este otro acarició su lomo mientras Samuel continuaba celebrando su llegada. 
El anciano se hallaba sorprendido, nunca su mascota recibió a otra persona de tal forma, a parte de él. Lo pensó un momento antes de aproximarse al hombre. 
¿Qué buscas en mis tierras extraño? 
Disculpe la intromisión se inclinó el extraño ante él, vengo a traer regocijo a su corazón. 
El anciano se denominaba ateo, se consideraba ajeno a las religiones, sabia de la locura del mundo. Pero que un fanático religioso cayese en su casa, al otro día de fallecer su esposa solo podía tratarse una burla del destino. Una mera coincidencia. 
¿Qué regocijo podría traerme? El anciano pensó sus palabras. Ayer falleció mi esposa contestó angustiado. Un alivio llegó a su mente, de la mano de la tristeza. 
Si quiere verle puedo ayudarle con ello respondió el extraño estirando su mano al anciano. 
La muerte no es el camino, ya que aquellos que dejan este mundo no regresan a él. Tu broma no es agradable, así que por favor retírate. 
Sin embargo, el extraño se mantuvo firme ante sus palabras. 
No es una broma y no busco tu muerte el anciano inclinó su cabeza como disculpa. Tal vez su cuerpo pereció, pero no así su alma. 
Las palabras del extraño hicieron eco en su cabeza. El anciano no era creyente de ningún tipo de religión, pero la idea de volverla a ver, lo hacían creyente de la reencarnación y le fascinaba. 
Permitió pasar al hombre, aún con dudas y con el grito de su instinto que le insistía que no le permitiese pasar. No sabía la razón, pero se sentía aliviado al estar cerca de ese extraño, como si fuese un amigo o un hermano.

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