jueves, 25 de octubre de 2018

Capítulo 01

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8 de junio de 2016 

Era una noche fría como tantas otras, había detenido el coche en el estacionamiento del hospital y, como ya se me había hecho costumbre, comencé a golpear el volante a causa de la ira que me invadía por estar allí. 
"Cálmate... Cálmate... Cálmate", me ordenaba mi mente a la vez que aumentaba mi agresividad contra ese inanimado sustituto de la vida. 
Los guardias, instalados en sus puestos, de tanto en tanto se daban una vuelta para confirmar que se trataba de mí y no de cualquier otro lunático. Estaban acostumbrados a mis ataques y, luego del quinto aviso, habían optado por ignorarme. Había oído que fue todo por el doctor Bradly, quién les pidió tenerme paciencia. No los culpaba, era su trabajo después de todo y más de una vez habían amenazado con retirarme del lugar. 
Cuando al fin mis niveles de ira bajaron a un punto relativamente aceptable bajé del coche y palmeé mi cara con ambas manos tres o cuatro veces para aclarar las ideas. 
"Cálmate, Ellie no tiene que verte así". 
–Mis disculpas –murmuré a los guardias al pasarlos y ellos solo asintieron ignorándome. 
"Sonríe, muéstrate relajado, despreocupado. Va a estar bien, lo sé", continuaba diciéndome mi subconsciente como si se tratara de una especie de mantra. 
Iba tan perdido, ensimismado en las palabras que me repetía a mí mismo en un intento por calmarme, que no fui consciente de la mujer que venía en dirección opuesta hasta que ya fue muy tarde. La choqué, provocando que dejase caer varios documentos y fotografías. 
–Perdón –me disculpé mientras la ayudaba a levantar los papeles del suelo. 
La mujer se mantenía en silencio, como si me estuviese ignorando o siquiera supiese que me encontraba ahí. Entonces la vi, allí entre las fotos. 
Una pluma, blanca como nunca había visto y manchada con sangre. 
¿Era en serio? ¿Magia negra? ¿Quién creía en esas cosas por estas fechas? 
Levanté la mirada para poder observarla de forma más detallada. Debía rondar entre los cuarenta y cinco y cincuenta años; baja y robusta, daba la impresión de ser una abogada, o una escribana, por su vestimenta elegante. 
Sin perder un momento ella arrebató la pluma, así como los demás papeles que había recogido, de mis manos y se fue sin decir una palabra. 
¿Qué mierda fue eso? 
Me quedé en shock un momento, no solo por el hallazgo de la pluma sino por la actitud de la mujer. Pero respiré hondo, e intentando olvidar el suceso seguí adelante. No había tiempo que perder. 
Subí las escaleras hasta llegar a un largo y estéril corredor que conectaba a otros pasillos. Todo se encontraba desierto, pero se podían oír las risas y los lamentos de los internos –sumado al fuerte olor del desinfectante–, que daba la sensación de encontrarse dentro de una de esas escenas de película de terror, donde el personaje principal se encuentra en Aarón un hospital desierto repleto de espíritus y cosas por el estilo. Bueno, teniendo en cuenta que eran las once de la noche, tenía un poco de sentido que el lugar se encontrara tan solitario. 

Al final del último pasillo que me llevaba a la habitación de Ellie descubrí al doctor Bradly, recostado en una de las paredes. Era obvio que esperaba por mí. Él estaba informado sobre mis inusuales horarios de visita, sobre todo porque él me había dado una mano con ello. 

–Aarón, necesito hablar contigo –habló el hombre cincuentón de cabello canoso, una vez noté su presencia, acomodando los lentes sobre el puente de su nariz. 

–No se ande con vueltas, doctor –aclaré antes de que comenzara a hablar. 
Se me hizo un nudo en la garganta. El hombre tenía una expresión seria en su rostro y aquello no podía indicar buenas noticias. 
–Sígueme. 
Sin esperar a ver si yo caminaba tras él, el doctor comenzó a andar hacia la enfermería que se encontraba al final de pasillo. Desde allí podía observar la puerta de la habitación de Ellie, frente a esta, dos puertas a la izquierda. 
–Toma asiento –indicó ubicándose en la silla frente a mí–. Su condición empeora, Aarón –anunció sin titubeos. 
– ¿Descubrieron la causa? 
Un sudor frío comenzó a formarse en mi frente, pese al calor de la calefacción. 
–Nada –dijo dejando escapar un suspiro mientras se masajeaba las cienes–. Sus análisis arrojan buenos resultados, pero ella no mejora... se agrava más. 
Me levante en silencio caminando de nuevo hacia la puerta. El doctor alzó la mano, en un intento por detenerme, pero no dijo nada. Juntó sus manos sobre el escritorio y dejó caer su cabeza sobre estas. 
–Lo siento –murmuró. 
"¿Lo siente?". Sus palabras hacían hervir mi sangre. Aquello era lo único que no quería oír. 
Le di un puñetazo a la pared más cercana, sin que el doctor Bradly reaccionara por ello. 
–¡¡¿Qué mierda voy a decirle ahora?!! –grité frenético –¡¡¿Vas a estar mejor?!! ¡¡¿O tal vez, mañana quizá no despiertes?!! 
No recibí respuesta y la humedad comenzó a acumularse en mis ojos sin que pudiese detenerlo, aunque no les permití ir más allá de eso. 
– ¿Qué es lo que voy a hacer? –murmuré intentando calmarme. 
Tapé mi rostro con un brazo, no quería que nadie, ni siquiera el doctor Bradly, me viera tan... susceptible. 
–No lo sé –respondió apoyando sus lentes sobre la mesa y observándome con ojos tristes–. Lo único que queda por hacer ahora es estar a su lado, contenerla, mostrarle que no se encuentra sola. 
Sus palabras me molestaron ¿Cómo un médico no podía tener idea de lo que tenía su paciente? 
Salí de allí azotando la puerta. No había forma de que pudiese mantener mi fachada de "todo se encuentra bien" si me quedaba allí por mucho más tiempo. 
Bueno, al carajo BradlyEllie se estaba muriendo en una cama de hospital sin causa aparente. Mi hermana, mi única familia, y no había nada que yo pudiera hacer para evitarlo. Me sentía igual que la situación con mis padres: impotente. 
Me frené unos pasos más allá de la enfermería, justo en frente de su puerta, y respiré profundo. Tenía que tranquilizarme, no quería que nada de esta mierda llegara a ella. 
Me esmeré esbozando la sonrisa más creíble que pude, a la vez que iba abriendo la puerta de su habitación. Esta revelaba una única ventana frente a mí, de cortinas blancas, a juego con el color crema de las paredes; justo debajo se ubicaba la cama y a la derecha unos aparatos se encargaban de monitorear sus signos vitales, mientras que a la izquierda un reloj de pared azul era el único objeto que resaltaba por su color. Todo se veía bastante normal al observar la tan vacía y descolorida habitación. Deprimente. 
Ellie se encontraba semi sentada en su cama. Sus ojos color miel estaban fijos en la novela romántica que tenía entre sus manos; su cabello castaño claro, que le llegaba hasta la cintura, se encontraba sujeto en una coleta alta, la cual usaba cada vez con más frecuencia. Tenía puesta una camiseta holgada blanca sin mangas que usaba específicamente para dormir. Era por lo general en estos casos cuando me daba cuenta de lo tanto que había bajado de peso. 
Caminé hacia ella, con mis pies haciendo eco tras cada paso y alertándola sobre mi llegada. 
–Hola, Aro ¿Cómo estuvo hoy el trabajo? ¿Isaac? –saludó dejando un beso en mi mejilla cuando me detuve junto a ella. 
De inmediato hizo un espacio en su cama para mí y en cuanto me ubique a su lado la envolví en mis brazos y deje otro beso, esta vez en su frente. Ellie era lo único que me quedaba y no podía perderla, me negaba a hacerlo. 
–Hoy fue un día bastante tranquilo, e Isaac te manda saludos –le dije con una sonrisa, una que murió en cuanto noté las manchas oscuras debajo de sus ojos – ¿Cómo te sientes? 
–Me siento bien. Creo que hoy incluso estoy mejor. 
Mantuve la boca cerrada y me dediqué a pasar mi mano por su cabello, como una caricia. Sabía que estaba mintiendo, pero era mejor así. Si ninguno de los dos decía nada podía convencerme a mí mismo que las palabras del doctor Bradly no se trataban nada más que de mentiras. 
–Oh, lo olvidaba –anuncié poniéndome de pie, necesitando alguna clase de distracción de mis propios pensamientos. 
Fui hasta mi mochila, que descansaba en el suelo a los pies de la cama, mientras Ellie me observaba con ojos curiosos y saqué una caja de bombones y una enorme tableta de chocolate, la única adicción que mi hermana poseía, si no se tenía en cuenta su obsesión con la lectura. 
–Toma –dije lanzándole ambas cosas en el regazo–, espero que esta vez sea suficiente. 
– ¡Te acordaste! Gracias, Aro –sonrió sin perder el tiempo para abrir el envoltorio de la tableta y comenzar a devorarla. Si seguía así iba a terminar como la última vez que comió demasiado chocolate, y ya me veía teniendo que traer más para la próxima visita porque era claro que esto no iba a ser suficiente. 
Igualmente, no estaba preparado para el momento en que me miro con rostro serio y su piel se puso levemente amarillenta. Me asusté. 
Hey ¿Qué tienes? –pregunté acercándome y tomándola por los hombros, evitando que cayera hacia un lado –Te dije la última vez que si comías así te iba a caer mal –rezongué mientras la acomodaba en las almohadas. 
–Solo me entró sueño –se defendió mientras se refregaba ambas manos en los ojos. 
"Hablar no la pudo haber agotado tanto", pensé con recelo. "¿Acaso eso es posible?" 
–Bueno, si tienes sueño deberías dormir un poco –le aconsejé, forzando una sonrisa. 
–No quiero. 
Me miró haciendo su típica cara de cachorro abandonado, agrandando sus ojos y apretando los labios. 
–No te preocupes, me voy a quedar hasta que te duermas –le aseguré tomando asiento de nuevo junto a su cama y sosteniendo su mano entre las mías.
–Está bien. 
Ellie mostró una sonrisa tenue y luego bostezó tapándose la boca. Se quitó la coleta para que su cabello cayera y pudiera dormir cómoda. 
–Pero hablemos un poco más antes de que me duerma. 



La sensación de algo agradable en mi cabeza terminó por despertarme. Intenté moverme, pero el peso extra fue lo que me obligó a abrir los ojos. 
De reojo observé el reloj de pared, que casi marcaba las dos en punto. 
¿Cómo fue que me quedé dormido? 
Ellie aún se encontraba soñando, pero su mano ahora descansaba sobre mi cabello. Al parecer se había despertado en algún momento, mientras yo dormía a su lado, y cuidó de mí hasta volver a dormirse. 
Que vergonzoso había venido a cuidar de ella y terminé dormido y siendo cuidado por la persona que venía a cuidar. 
Sin previó avisó una punzada de lacerante dolor llameó en mi pecho, provocándome una extraña palpitación y tomándome por sorpresa. Mi respiración cesó durante los escasos segundos que el dolor persistió en mi cuerpo. Luego desapareció, tan rápido como había llegado. 
¿Qué carajos había sido eso? Por un momento creí que mi corazón iba a explotar dentro de mí. 
Miré los aparatos a los que mi hermana se encontraba conectada. Todo parecía estar normal, o lo que para ella era normal en su condición. Así que, aprovechando que todo parecía encontrarse bien, me escapé un momento al baño. 
No había nadie en el pasillo, ni se oía el más mínimo sonido. 
Al volver Ellie aún se encontraba profundamente dormida. Con una inhalación profunda me acerqué a su cama. 
–Dios, niña –susurré dejando un beso en su frente–. Vas a mejorar, vas a salir de este lugar y vas a poder disfrutar allá afuera de todo lo que te gusta. Solo te pido que te mejores, por favor... 
Y me quebré. No pude evitarlo ¿Cómo podía mejorarse si ni siquiera los médicos sabían lo que tenía? ¿Si según el Dr. Bradley no podía empeorar más? 
Fue realmente vergonzoso que ella eligiese justo ese momento para abrir los ojos. No quería que ella supiera lo desesperado que en realidad me encontraba. 
–No te atormentes por esto, Aro. No lo mereces y no ganas nada con hacerlo. No hay nada que se pueda hacer, de todas maneras. 
Con sus ojos llenos de lágrimas comenzó hablar de lo que, en un principio, creí que era una más de sus extrañas alucinaciones a causa de la enfermedad. 
– ¿Sabes? Últimamente eh tenido estas pesadillas sobre un monstruo que me persigue, y en cada sueño está más cerca de alcanzarme. Tengo miedo de que un día no pueda salvarme y me... –calló abruptamente y desvió su mirada hacía una de las paredes. 
Ellie, no voy a dejar que eso ocurra. 
–Tengo mucho más miedo de que vaya a por ti –explicó–. Le ruego a Dios que te cuide. 
Espera ¿Dios? ¿Desde cuando hablaba sobre Dios? Nunca creímos en ninguna de esas cosas. Incluso, para sus dieciséis años no era una chica que se espantara con facilidad, y lo dejó bastante claro el día que nos enteramos de su enfermedad. Sin embargo, esa misma chica ahora se encontraba aterrada con una simple pesadilla.  
Ey, no te preocupes –la abracé fuerte en un intento por acallar su temor–. Todo va a estar bien, ya lo vas a ver. 
–Te quiero, Aro –murmuró distante y un según más tarde volvió a caer dormida. 
Un minuto después de este suceso un escalofrío extraño me atravesó de pies a cabeza. El viento comenzó a alborotar el cabello de Ellie. 
Observé de inmediato la ventana. La misma se encontraba abierta, pero no debería estarlo. Me apresuré a cerrarla, temiendo que su condición empeorara. 
Pero, por alguna razón que aún no alcanzaba a comprender, luego de cerrar la ventana el ambiente de la habitación había cambiado. Algo no se sentía bien. Tenía un mal presentimiento. Y justo allí, como si se tratase de una broma, o como si algún ente inexistente me hubiera oído, los aparatos conectados al cuerpo de mi hermana comenzaron a pitar de un modo que me helo la sangre. 
Asustado por ella, corrí a buscar ayuda y lo hubiera logrado sino fuera porque no lograba abrir la puerta, la cual no cerré. 
– ¡¿Hay alguien por ahí?! –Comencé a gritar sin dejar de aporrear la puerta– ¡Necesito ayuda! ¡Mi hermana se encuentra mal! ¡No puedo esta maldita puerta! ¡POR FAVOR! 
No hubo respuesta. 
¿Por qué? Grité cómo para que todo el piso me oyera ¿No había ninguna enfermera cerca? 
Los pitidos a mis espaldas se apagaron de forma brusca, prevaleciendo solo uno de ellos. Un pitido continuo que parecía no encontrar fin. Comencé a entrar en pánico. 
Estaba atado de pies y manos, una vez más. Me sentía débil, mi cuerpo se sentía pesado y me estaba costando un triunfo mantenerme en pie. Necesitaba sentarme antes de caer al piso frío de aquel cuarto de hospital. 
Fue en ese instante cuando la vi. 
Era una mujer de tés blanca como la nieve; un cuerpo no muy delgado ni tampoco robusto; cabello negro apenas ondulado; ojos rasgados de color negro rojizo y mirada profunda llena de misterio; labios rojos, carnosos, en una boca pequeña y pómulos rosados. Pero, por sobre todo, lo que más resaltaba en ella eran aquellas grandes y blancas alas en su espalda, aún más grandes que las de cualquier ave. Pero aún sobre ellas, no podía despegar los ojos de la enorme hoz negra que llevaba en la mano, algo que nunca había visto. 
Todo aquello en conjunto daba la sensación de ser algo hermoso y fantástico. Algo así como un ángel. 
¿Pero, por dónde había entrado? Debía estar loca si se paseaba por el hospital a esas horas y con esa armadura como vestimenta ¿Es que no se daba cuenta de la situación? 
Por un segundo la desconocida se mantuvo inmóvil, sus pupilas no dejaban de observarlo todo, parecía estar buscando algo en específico. Dejó su hoz a un lado y se acercó a Ellie. El pitido continuo se detuvo casi al instante, y volvió a su antigua cadencia. 
"Pip... Pip... Pip". 
– ¿Qué está ocurriendo? –susurró la extraña, paralizando mi cuerpo una vez más al sonido de su voz –Esto es obra de un Ageano. 
"¿Un Ageano?", me pregunté sorprendido. ¿Quién confunde una enfermedad terminal con un AgeanoY para empezar, ¿qué es un Ageano? 
Mientras intentaba encontrarle la lógica a sus palabras volvía a enfocarme en su figura. Tenía que reconocer que no se trataba de una mujer normal, no tenía sentido común que lo pensara siquiera. Estaba más que claro que se tratara de alguna loca escapada del ala de Psiquiatría. 
De todas maneras, no podía desprenderme de aquella sensación extraña que había en la habitación ¿No tendría que haber visto entrar a aquella desconocía? Después de todo, estuve con Ellie todo el tiempo y la única puerta de la habitación se encontraba a mi espalda, cerrada firmemente y de forma inexplicable. Pero dejando todo esto de lado ¿Quién era esta extraña mujer? 
–Me pones nerviosa –habló antes de que pusiera alguna de mis dudas en palabras, volteándose y atrapándome con su mirada profunda–, como si me estuvieras observando. 
–Te estoy observando –respondí de forma automática, aún atrapado por sus ojos de color del ónice y por la claridad de su piel traslucida ¿Se sentiría tan suave como se veía? 
Su expresión era una máscara de asombro puro mientras preguntaba:  
– ¿Logras verme? 
–Si –otra respuesta automática de mi parte, aunque esta vez me permití fruncir el ceño ¿A qué se refería con esa pregunta? Y eso bastó para devolverme a la realidad. 
Desvié los ojos de su rostro recordándome firmemente que la mujer estaba loca, después de todo. Luego iría a presentar una queja en la administración del hospital no solo por la puerta y por la falta de personal en el pasillo. Debían vigilar mejor a los enfermos psiquiátricos. Cosas como estas no debían pasar. Pero no podía permitirme el distraerme. La situación de Ellie podía volver a empeorar en cualquier momento, tenía que avisar al doctor Bradly de alguna manera. 
– ¿La conoces? –preguntó en ese momento la hermosa cosplayer de ángel. 
–Sí, es mi hermanita –respondí dándole la espalda y retomando mis intentos por abrir la puerta, que aún seguía sin ceder. 
"¿Pero por dónde se había metido esta mujer?", me pregunté ya un poco estresado por la situación. 
– ¿Qué demonios haces aquí? –le pregunté sin medirme. Ella me ignoró por completo, sin hacer el más mínimo sonido a mis espaldas. 
– ¿Cómo entraste? –Continué– ¿Fuiste quién trabó la puerta? 
Por segunda vez volvió a ignorar mi pregunta, y esta vez sin nada de paciencia me acerqué a ella y la tomé del brazo llamando su atención. Ella a su vez tiró de él para que la soltase. 
– ¿Cómo es que puedes verme? No ¿Cómo es que puedes tocarme? –cuestionó aún sorprendida y tomándose el brazo allí donde la había tocado. 
–Deja de delirar. Ella es mi hermana. Está mal. Así que abre esa maldita puerta –dije con esa voz que usaba con Ellie cuando no quería hacerme caso y señalé la única manera de salir. 
–No deberías estar aquí. Esa es una parte de Nexo, una barrera para limitar al Ageano. 
–No sé de lo que me estás hablando. Solo responde: Trabaste la puerta, ¿sí o no? Necesito llamar al doctor. 
No iba a detenerme a analizar sus delirios, lo único en lo que debía mantenerme concentrado era en salir de allí el tiempo suficiente para traer ayuda. 
La desconocida se limitó a sostener su hoz en alto y dar un paso hacia la cama de Ellie, encendiendo todas mis alarmas. Me interpuse entre ellas de inmediato. 
– ¡Aparte! –ordenó. 
– ¡Me niego! –Ella dio otro paso más cerca de mí y de la cama– ¡Aléjate de mi hermana! 
–Es mi deber acabar con el Ageano. Ahora, ¡apártate!
–No sé de qué hablas, pero aleja eso de mi hermana –señalé su hoz, pero ella siguió sin prestarme atención. 
–Dije que te apartes. No hay otra forma de vencerlo. 
Me apuntó con su arma, la cual alejé con la mano. Me entrecerró los ojos. 
–No me dejas más opción. 
Con su hoz aún alzada lanzó un mandoble rápido, tanto que la gigantesca guadaña se convirtió en un destello de plata y metal oscuro, dejando un tajo bastante considerable en mi abrigo sin llegar a herirme.
"Esto es real, no una broma. La mujer está completamente loca", pensé con las primeras oleadas de miedo que me golpearon. 
–No me voy a mover. No voy a perderla –dije a pesar de todo. 
Ella me observó, aun estrechando los ojos y apoyó el mango de su arma contra el suelo. Las paredes retumbaron en respuesta. 
– ¿Por qué? Un Ageano está parasítandola ¡Debo acabar con ambos o todo se pondrá mucho peor! 
Observé a Ellie. Su rostro estaba en calma, como sumida en un profundo sueño, las maquinas continuaban con su habitual pitido. 
– ¿Qué es un Ageano? –cuestione, o tal vez debería decir exigí– ¿Y por qué quieres matar a mi hermana por ello? 
–¡¡No quiero hacerlo, pero no hay otra opción!! –respondió alterada, junto en el instante en que Ellie entraba en otra crisis y los aparatos volvían a descontrolarse. 
Corrí el poco espacio que me separaba de su cama y tomé sus manos, flácidas y de un preocupante tono pálido, entre las mías. 
Maldición, no podía estar pasando de nuevo. 
–Sal –ordenó el ángel al empujarme lejos y poner en alto de nuevo su hoz a apenas unos cuantos centímetros de mi hermana. 
–¡¡No!! –grité antes de abalanzarme sobre ella y tirarnos a ambos al suelo. Oí con perturbado alivio como la guadaña caía con nosotros. El metal sonó a escasos centímetros de mi cabeza. 
– ¡Suéltame! –ordenó ella a voz de grito, pero yo solo intentaba alcanzar la camilla. 
Me tiré sobre ella en cuanto me pude poner en pie, solo para observar unas traslucidas, pero aun así brillantes, esferas de luz flotando muy cerca del cuerpo postrado de Ellie. Acerqué mi mano tan solo un poco, temeroso de perjudicarla de algún modo si las tocaba. Se sentían cálidas, como pequeñas bolas de fuego flotantes. 
El ángel se acercó a la cama por el extremo opuesto al que yo me encontraba. Ninguno de sus movimientos hacía el más mínimo sonido, se movía con una cautela abrumadora. Bajo este nuevo contexto se veía un poco menos loca y más como... como un ángel. Ella alzó los brazos, abriéndolos, extendiéndolos con el mismo movimiento que seguían sus alas, que para mi asombro eran mucho más grandes de lo que me había imaginado. 
Oh, mierda ¿Era un ángel de verdad? 
Las esferas comenzaron a alejarse del cuerpo de Ellie, atravesando mi mano y mi cuerpo como si fuera un fantasma para luego introducirse en el cuerpo del, ahora bastante real, ángel. 
Comencé a llorar de manera instantánea ¿Por qué? Ni siquiera entendía lo que estaba ocurriendo ¿Cómo podía entonces entristecerme? Así que allí quedé, paralizado. Al menos hasta que noté algo más resurgir de Ellie. De reojo pude ver el momento en que el cuerpo del ángel se petrificó, antes de gritar: 
– ¡Cuidado! 
Pero no dejó que mi cerebro terminara de analizar esa orden cuando el duro metal del mango de su arma me dio de lleno en el centro del estómago. Choqué contra una pared y me costó un poco recuperar el aire perdido en mis pulmones, pero cuando lo hice fui capaz de distinguir al ángel a unos pasos por delante de mí y frente a ella una criatura de aspecto humanoide que parecía una especie de sombra hecha a base de humo rojizo y negro. 
No hubo mucho más tiempo para que destacara algo más de esa figura tan extraña. El ángel arremetió contra ella, quien de forma demasiado fácil detenía la hoz tan solo usando sus manos. Frenó los ataques tan solo un par de veces antes de tomar la hoja y, en vez de rechazarla, la empujó a un lado junto al ángel, como quien aparta a un animal molesto.
Sin nada más que se interpusiera, la criatura comenzó a acercarse a mí. El ángel volvió a atracarla siendo, otra vez, lanzada lejos. Se puso de pie más deprisa esta vez. Estaba sangrando, pero eso no le impedía volver a arremeter contra aquel monstruo repitiendo el mismo resultado una y otra vez. 
"Mierda. Mierda. Mierda", gritaba en mi fuero interno mientras observaba que tras cada intento fallido del ángel la extraña sombra se acercaba más. 
Una luz, salida de quién sabe dónde, explotó en la habitación justo en el momento en que la criatura se encontraba lo suficientemente cerca como para tocarme y me dejó ciego por un instante. Así como apareció, la luz encandiladora desapareció con sorprendente rapidez, dejando la habitación tan tranquila como antes, o incluso más, y llevándose a la sombra consigo. 
Del otro lado de la habitación el ángel comenzó a ponerse de pie. 
– ¿Qué era esa cosa? –pregunté ahogado. Hasta ese momento no me había dado cuenta de cómo mi pecho subía y bajaba descontrolado. Estaba hiperventilando. 
–Un Ageano –dijo ella. Usó su hoz como bastón para ayudarse a terminar de levantarse y se limpió con el antebrazo la sangre que corría desde el nacimiento del pelo hasta terminar goteando en su mentón–. Ahora tú estás parasitado. 
Sí, podía sentir algo extraño en mi cuerpo parecido a la sensación de cuando estas a punto de enfermarte ¿Era eso? ¿Cómo esa cosa había podido parasitarme? No me di cuenta de nada. 
Me puse de pie, tenía que ver como se encontraba Ellie. 
Ella levantó su hoz y dibujando una media luna perfecta dejó que la hoja apuntara directo a mi pecho. 
– ¿Qué haces? ¿Ahora intentas matarme a mí? 
Ella respiraba forzosamente por la nariz y se notaba el esfuerzo que le tomaba mantenerse de pie. Aun así, se mantuvo erguida, como toda una guerrera. Tenía que darle crédito por eso. 
–Debo terminar con su existencia, junto a la tuya. Te lo dije, deberías entenderlo luego de haberla visto. Es peligroso. 
–Eres un ángel –me quejé exasperado. Mis brazos se movían como si intentaran capturar algo que me devolviera la tranquilidad, o tal vez la cordura. Esta última sería más útil– ¿No debería haber algo que pudieras hacer? Qué sé yo ¿Sellarlo, o algo por el estilo? 
Ella me observaba. Su expresión era insondable mientras continuaba aferrándose a su arma con ambas manos. 
–Deja de insultarme llamándome Ángel –se dejó caer en el suelo, apoyándose contra la pared y depositando la hoz frente a ella–. En mi condición actual, si se hace al poder de tu cuerpo no tendré forma de detenerlos. 
Desvié los ojos de su figura. Imposible. Era un maldito ángel, ¿cómo que no podía hacer nada? 
Mi mirada se encontró con la camilla. Ellie aún permanecía allí, dormida, pacifica, con la única excepción de que los aparatos a los que se encontraba conectada estaban en completo silencio, apagados. Por eso la habitación me pareció demasiado tranquila. 
Se me empaño la vista. No podía ser cierto. 
–Tienes suerte. Voy a sellarlo –la voz del ángel regresó mi atención a ella. Se encontraba de pie de nuevo–. No hay otra opción. 
La pared donde se había recostado se encontraba manchada de sangre. 
– ¿Qué tengo suerte? –murmuré irónico, sin ocultar mi desdicha –Mi hermana está muerta, y lo que sea que la mató ahora está intentando matarme a mí. Dime, ¿dónde está la suerte? 
–Está muerta, sí –asintió–. Pero no ha desaparecido. Pude salvar su esencia. Así que, permíteme. Sellaré a ese Ageano. 
Sin más palabras que aquellas, caminó hacia mí poniéndome más tenso a cada paso que daba ¿Y si era mentira, un engaño para que me quedara quieto mientras me asesinaba? Pero en cambio, se detuvo a un lado de la cama, junto a Ellie. Tocó su rostro y sacó un mechón de cabello que se había pegado en su mejilla pálida. 
–Lamento no haber podido salvarte –le dijo en un susurro y retomó su marcha, deteniéndose a unos cuantos pasos de mí. Sus ojos brillaron pidiendo permiso–. No hay mucho tiempo. 
Supe que se refería a la sombra así que solo asentí, gesto suficiente para que ella cerrara el poco espacio que nos separaba antes de colocar con cautela sus manos sobre mis hombros y empujar hasta que mi espalda golpeó la pared. Acto seguido, pasó sus dedos por la sangre que aún goteaba de su rostro y los dejó suspendidos sobre mi piel. 
–Empezaré el selló –avisó. Entonces comenzó a dibujar sobre mí, provocando un mareo que confundió a mi cerebro. Pero sabía que podía confiar, algo en mi decía que no había peligro alguno a pesar de la monstruosa hoz negra tras ella, aun infundiéndome pánico. 
"Un hermoso ángel de la muerte vino por mí", pensé con una sonrisa. 
Como si hubiese hablado en voz alta, ella no dudó en voltearse a ver la hoz para regresar a mirarme. Sus labios eran una réplica de los míos.

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