Dos miembros de la Orden y un Ellum estaban enfrentando a dos Ageanos. Con mi ayuda y gracias al trabajo de equipo, mi poder termino por hacer el resto.
Me sorprendió que ellos recibiesen ayuda de un Ellum. Es un secreto a voces, pero estos odian a los humanos.
–Gracias por la colaboración –me incline en una reverencia, mientras que el Ellum hizo una mueca. Dio un par de pasos dándome la espalda y desplegó sus alas.
–Tu condición solo afirma que mi esfuerzo no fue suficiente –dijo mientras me veía sobre su hombro, para después alzar el vuelo.
“Ah, nunca entenderé a los Ellums”.
– ¿Ustedes están bien? –les pregunte a mis colegas que parecían estar exhaustos.
–Si… Algo cansados… por las runas… que nos dio… Nos salvaron la vida –uno de ellos apoyo sus manos en sus rodillas y levanto apenas la mirada al responder. El otro, solo se sentó en el suelo viendo al cielo.
Me encargué de llamar a la Orden. En un par de minutos apareció una camioneta para llevarlos de regreso.
El cielo, ya despejado, me hizo recordar que un par de horas antes había estado lloviendo. Mi cuerpo se encontraba algo mojado aun.
***
Llegue a casa, ya muy tarde. No me tome las molestias en comer, estaba muy cansado, así solo me quité la ropa húmeda que llevaba puesta y me deje caer sobre la cama.
Me sentía mareado, mi cuerpo pesado, e incluso oía murmullos.
– ¿Qué pasa? –murmure arrastrando la lengua.
Abrí los ojos sobresaltado. Una luz blanca y fuerte me obligaba a mantenerlos entre cerrados. Me costó un poco, pero poco a poco se fueron acostumbrando hasta que pude distinguir unos hilos dorados que caían directo a mi rostro.
– ¿Cómo te sientes?
“Reconozco esa voz”.
– ¿Valentina? ¿Dónde estoy?
–En el hospital, tuvieron que operarte de urgencia.
Sonreí de forma instantánea.
–Ya. En serio. No bromees con esas cosas ¿Dónde estoy? ¿Qué pasó?
Ella guardo silencio y, para mi sorpresa, el Dr. Bradly entro.
–Y yo que creía que la tenía difícil con Aarón y Leaf –ella acomodo su cabello tras su oreja–. Ayer te hirieron.
El doctor, sin una palabra, pasó hasta un lado de la cama para tomar datos de la maquina que se encontraba a mi lado.
¿Qué, era verdad?
– ¿Cómo fue? –pregunte, mientras el doctor tiro algo sobre mí.
–No sé en que estabas pensando, pero ignorar una garra de ese tamaño en tu cuerpo –Tomé lo que había arrojado, confirmando lo que era. La “garra” era el doble de ancho y largo que mi pulgar– no es para nada normal.
– Entonces ¿Cómo pudo pasar?
–Esa es algo que solo te puede decir el Dr. Weissman, después de todo es su área de trabajo. Solo puedo intuir que tu cuerpo dejo de sentir dolor.
Volví la mirada a Valentina quien caminaba en círculos a un lado de la puerta.
–Gripe ¿No te vacunaste cuando se te dijo? –Recrimino –A los Walkyrs les afecta mucho, por algo se desarrolló.
“No es que no lo intentase, siempre estuve ocupado. Las sesiones, las misiones, ahora Kwyer”.
–Ya, ya, ya. Lo entiendo. Estuviste muy ocupado, pero ahora deberás mantener reposo por varios días.
“¿Mantener reposo? Espera, no. Tengo que ir a ver a Kwyer, lo prometí”.
–No puedes, la gripe te afecta de otras maneras. No solo te vuelves indiferente al dolor, también afecta tu cuerpo
El rostro de Valentina no dejaba lugar a replica alguna.
– ¿Qué ocurre señorita? –pregunto el Dr. Bradly.
–Oh, no es nada –negó sacudiendo la cabeza.
–Los de la Orden siempre son divertidos –sonrió al ver la hora en su muñeca–. Debo atender a otro paciente –ambos lo veíamos perplejos–. Un coma complicado.
Nos quedamos sin palabras, observándolo con cierta reserva. Él sabía sobre la Orden, sabia sobre todo y mantuvo silencio. Solo se fue por la puerta sin que ninguno de nosotros pudiese decir algo.
–Estas de alta –habló Valentina de repente–, claro que debes mantener reposo en tu casa –ella observo un poco a la puerta y sonrió–. Invítala a que te acompañe.
Me incorpore de a poco hasta poder sentarme.
–Kwyer –respire hondo–. Ella no puede caminar –murmure–, su cuerpo está muy mal.
Valentina comenzó a caminar hacia mí.
“¿Qué podía hacer por ella?”
–Eres sorprendente –se quejó ella. Mi cabeza no podía entenderla–. Tan cabeza dura que no aceptas que te enamoraste.
Sonrió con sus últimas palabras, tomando asiento a los pies de la cama.
–No lo estoy, pero no quiero dejarla sola. No quiero fallarle.
Valentina lanzó una carcajada que tapó enseguida con su mano ¿Cuál era la gracia? Estaba hablando en serio.
–Te creo –se encogió de hombros–. Te acompañare a verla, luego guardas reposo.
–Gracias, Yuti.
Incline la cabeza y cerré los ojos, para volver a abrirlos un segundo después y observar una imagen increíble.
Ella desplego sus enormes alas color carbón, llenando el lugar de plumines, y se cruzó de brazos mientras me observaba con seriedad.
–Etwhal el Walkyr –pronunció–, juro por mis alas que cumplirás tu promesa.
Quede con la boca abierta. Ella replegó sus alas, e incluso los plumines desaparecieron. Salió de la sala y en menos de dos minutos traía consigo una silla de ruedas, al mismo tiempo que hablaba por teléfono.
Cuando salieron del hospital los estaba esperando uno de los vehículos de la Orden. Ella lo ayudó a sentarse en el asiento del copiloto, y guardo sus nuevas muletas en la parte de atrás, antes de tomar el lugar del conductor.
– ¿Cómo va su relación?
“Otra vez”.
–Sabes que no es eso –me quejé.
–Habías dicho que ibas a estar a su lado, ¿o me equivoco?
–No lo haces, pero le quieres dar otro sentido.
–No hace falta, ya lo tiene.
Respiré profundo, mientras solo observaba el camino tras la ventanilla.
–Veo mucho movimiento ¿Qué tan tarde es?
–Diez de la noche.
– ¡¿Ya?!
¿Estuve durmiendo todo el día?
–Etwhal.
Su voz seria y formal llamó mi atención. Ella solo hablaba de esa manera cuando se trataba de algo realmente importante, por lo general de la Orden.
–Espero sus palabras, Yuti.
La formalidad implica responsabilidad.
–En unos días iré a Szellem –Prendió las balizas y se detuvo–. Manna está en una situación crítica.
En silencio, solo se quedó mirando el volante, esperando mi respuesta.
–Lo sé.
Ella me observó de golpe.
–Me refiero a la situación de Manna –Su expresión se relajó–. Cada vez hay más Ageanos, se nos dificulta contenerlos.
–Intentare regresar pronto, la situación empeora demasiado rápido.
Volvió a observar el volante, marcando sus dedos en el.
–La Orden puede proteger Manna.
Ella solo me ignoró.
– ¡Yuti! –atraje su atención –¿Por qué razón estas en Manna? ¿Por qué ayudas a la Orden?
Quería saberlo. Ella es la más fuerte de todos los seres que apoyan a la Orden, además de que hay pocos Ellums con los que podemos contar, pero no hay quién se compare con ella.
–Una misión –su rostro se desdibujo–. No me va muy bien.
Golpeó su cabeza contra el volante.
–La persona a quien tengo que proteger ha sufrido mucho –explicó.
Estaba enterado de que le había sido encomendada una misión bastante difícil, pero que ella admita que le es difícil cumplirla es... ¿Qué diablos estaba ocurriendo en Manna?
– ¿Conoces a Leaf? –preguntó girando su rostro en mi dirección, aunque sin despegarlo del volante.
–¡¿Leaf?! ¡¿Leaf de Szellem?!
Asintió.
–No lo conozco en persona, pero si se quién es. No hay forma que no sepa quién es. Incluso se rumorea que va a ser el próximo rey de Szellem.
“¿Es él a quién debe proteger?”
–Él, Athos, Mérely y yo, protegemos a un Manneano.
Levantó su mano derecha hasta su cabeza, tocándola con los dedos.
–Es tan difícil que pasamos problemas al protegerlo.
–Espera ¿Eso no es una misión confidencial? ¿Por qué me cuentas esto?
–No lo sé –respiró hondo–. Tal vez como descarga de estrés.
Se quedaron un momento sumidos en un completo silencio antes de que ella volviera a hablar.
–Si me llegase a pasar algo, ayúdalo.
– ¿Qué enfrentas para dudar así?
–El fin de Manna.
“¿El fin de Manna? Eso es imposible. Si, hay corruptos, pero no era como para llegar a ese extremo, ¿o si?”
–Aun no estoy segura. Por ello, si algo me ocurre, sálvalo.
Su voz, su rostro, y la energía que la rodeaban eran sombríos. Ella sabía algo más, no lo quería decir. Tal vez no podía.
–Vamos, Valentina.
Ella volvió a ponernos en marcha.
–Preferiría no prometer tal cosa. No voy a negarlo, de ser el caso cumpliré.
–Gracias –murmuró.
El silencio se mantuvo hasta que llegamos.
–Espera un momento, voy a avisarle.
No quería asustarla.
– ¿Seguro que puedes ir andando? –me preguntó mientras me esforzaba por salir del coche.
“Aun si no puedo lo voy a hacer”.
Comencé a avanzar despacio hacía el lugar de siempre. Cuanto más me iba acercando pude divisar una silueta en pie frente a la casa, que en breve se desplomó.
“¿Kwyer?”
Otra vez podía distinguirla, intentando ponerse en pie, pero era en vano. Tras pocos segundos volvía a caer al suelo.
Avancé lo más deprisa que pude, teniendo en cuenta no traía las muletas conmigo, al verla de nuevo en pie, apoyada a la pared.
–¡¡Etwhal!! –gritó al reconocerme, dando un paso en mi dirección.
No dudé. Corrí a su encuentro mientras ella, al no poder soportar su propio peso, volvía a caer, esta vez en mis brazos. Caí de rodillas, llevándola al suelo conmigo, aunque evitando todo lo posible que ella se hiciese daño.
Kwyer me rodeó con sus brazos, en el instante en que mi cuerpo aterrizó contra el suelo, aferrándose con fuerza. Le correspondí sin pensar, abrazándola por unos segundos, y luego acariciando su cabeza.
–Lamento la tardanza –murmuré en su oído, sin dejar de acariciar su cabello.
–Cumpliste. Es suficiente para mí.
Pude oír pasos detrás de nosotros, justo del lugar de donde había venido, más y más cerca. La había olvidado por completo al ver a Kwyer.
Valentina estaba detrás de nuestro.

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