Desperté exaltado tras un ruido ensordecedor. El frío calaba mis huesos, tanto que dejaba mis músculos tensos y adoloridos.
Otro relámpago cruzó el cielo iluminando la habitación un segundo antes de que las primeras gotas de lluvia comenzarán a golpear la ventana, ganando fuerza a cada segundo.
Todo en la habitación parecía en su sitio.
–Fue solo un sueño –murmuré observando el cuerpo de Ellie, el cual descansaba aún pasivamente sobre su cama.
Acaricié su rostro. Estaba frío, pero en principio no llamó mi atención hasta que vi los aparatos a los que estaba conectada. Ceros, estos estaban sin señal alguna.
Corrí al pasillo gritando por un médico y evitando a toda costa pensar que todo aquel sueño que había creído tener era real. Más pronto de lo que creí posible apareció una enfermera con mala cara, seguida por el doctor Bradly.
Me hicieron quedarme fuera de la habitación mientras ellos atendían a Ellie. La enfermera salió disparada un segundo después para volver acompañada de otras enfermeras y una máquina desfibriladora.
Estuvieron más de quince minutos allí adentro, discutiendo cosas que no comprendía gracias a la puerta cerrada, y luego llegó el silencio. El doctor salió sin decir palabra, dejando la puerta entreabierta lo suficiente para que viera como Ellie era pasada a una camilla y una enfermera cubría su cuerpo entero por una sábana blanca. Su cuerpo fue retirado de la habitación casi inmediatamente. Bradly murmuraba algo que no llegaba a comprender, en tanto apoyaba su mano sobre mi hombro.
Estiré mi mano, intentando alcanzar la camilla y todo se oscureció.
–Es mi deber acabar con el Ageano. Ahora, ¡apártate!
–No sé de qué hablas, pero aleja eso de mi hermana.
Flashes de mi sueño entraban y salían de mi cabeza.
–Ahora tú estás parasitado.
El rostro ensangrentado del ángel no se borraba de mí mente.
–Ellie murió –murmuró el doctor antes de que todo se volviera negro.
–¡¡Mentira!!
Desperté de golpe, agitado y sudoroso. Estaba sobre una camilla, en un cubículo separado por cortinas. Una rápida mirada a mí alrededor me dijo que me encontraba totalmente solo. Mis ojos se encontraban empañados y mi cuerpo se estremecía por los repetidos escalofríos.
–¿Una pesadilla? –murmuré para mi mismo, secando mis lágrimas y respirando hondo para calmar los temblores se mi cuerpo –Sí, debe tratarse de eso.
Me Levanté de la camilla, trastabillando un poco gracias a un repentino mareo.
–No te sobre esfuerces –oí decir al doctor Bradly quien corría las cortinas para ingresar al cubículo.
Intentó sostenerme por el hombro para estabilizarme, pero lo alejé dejándome caer sobre la camilla nuevamente.
–¿Qué quiere?
–Ver tu condición actual. Al desmayarte golpeaste tu cabeza.
Me mordí los labios y dejé caer mi cabeza hacia atrás, golpeándola contra la pared.
–¡Ya deja eso! –reprendió al verme repetir la acción una y otra vez.
–Dígame que lo que ocurrió no fue real.
Desvió la mirada hacia un lado, acomodó sus lentes y volvió a verme.
–Por desgracia lo fue. Lo siento Aarón.
Rechiné los dientes, intentando contener las lágrimas. El doctor sacó un papel del bolsillo de su túnica y lo estiró hacia mí.
–¿La factura? –inquirí.
–Cómo puedes ver es una carta. No creo que sea necesario explicar de quién.
No esperé a que terminara de entregármela. Con prisa se la quité de las manos para poder abrirla.
Mi mundo se vino abajo al leerla, las palabras de Ellie eran más de lo que podía soportar. Ella había sido feliz, pero más allá de eso, ella siempre supo que así sería su final.
No había podido salvarla, y lo peor era que ella ya sabía que no podría. Ya no había nada que pudiese proteger, ni un motivo por el cual vivir. Y aún así ella lo había exigido:
“Vive, Aro. Se feliz”.
Pero, ¿cómo ser feliz siendo el único miembro restante de mi familia? Solo podía sentirme vacío y sin propósito; angustiado y adolorido.
–Ve a verla –dijo el doctor Bradly, recordándome que aún se encontraba allí–. Necesitas despedirte de ella.
No esperé ni un segundo. Atravesé todo el hospital hasta llegar a la morgue. Uno de los empleados me llevó hasta donde se encontraba mi hermana y me dejó a solas con ella. Sin dudar corrí la sabana, misma que había visto que le colocaban en su habitación. Estaba pálida y fría, sus ojos cerrados me decían que jamás se abrirían.
Caí sobre mis rodillas y lloré por un largo rato sin soltar su mano. Al regresar el empleado de la morgue llené todo el papeleo correspondiente y salí del lugar lo más rápido que pude.
Llegué a casa, sin ganas, pero ya nada tenía que hacer en el hospital.
Ellie murió. Al recordarlo, solo atiné a arrojar una patada a la mesa provocando que esta cayera de lado y todo lo que llevaba encima, incluyendo su taza favorita, la cual se partió en varios trozos grandes y otros pequeños.
Me quedé paralizado, observando los trozos de loza desperdigados por el suelo. ¿Qué mierda estaba haciendo? Me había dejado llevar por el dolor y había hecho una estupidez.
Junté todas las piezas que pude en silencio y volví a dejarlas sobre la mesa, puesta de nuevo en su lugar.
–Era un recuerdo de ella – solté un suspiro, dejando todo como estaba y solo fui a dormir.
El olor pútrido y el sonido de metal siendo arrastrado atrajeron mis sentidos de vuelta, mientras el terror y la adrenalina pura hacían correr mi corazón a mil por hora.
¿Qué estaba pasando?
Un sonido rítmico me devolvió a la realidad.
–¿El celular?
Di un manotazo a la mesa de luz y oí algo caer desparramándose en varias partes.
Estaba empapado. Abrí los ojos para llevarme una sorpresa: en el techo no había ninguna gotera. Todo era sudor.
¿Pero que mierda? ¿De qué iba ese sueño y porqué se sentía tan real?
Una luz tenue se colaba por la ventana, y el sonido de la lluvia al caer acompañaba en ritmo al frío que invadió mi cuerpo.
Volví a posar la mano sobre la mesita de luz, solo pudiendo encontrar la carta. Intenté no pensar en lo que evocaba, era difícil hacerlo.
Me senté para agarrar el celular, lo encontré en el suelo, desperdigados por partes.
–Así que eso fue lo que cayó –. No tenía ánimos ni para enojarme por eso.
Lo rearme y encendió sin problemas. Así que, sin más preámbulos, me puse en marcha para ir a trabajar.
–Aarón, buen día… –dijo una voz mayor, al golpear mi cabeza con dos dedos–. Aarón, despierta.
–¿Eso puede considerarse violencia laboral? –cuestioné al anciano canoso y gordinflón que se encontraba frente a mi.
–Como un llamado de atención entre amigos, más bien –respondió acariciando su bigote.
Este sonrió al igual que yo.
–¿Cómo estaba ayer la pequeña?
–Normal, supongo que ahora este es su normal.
“¿Qué estoy diciendo?”
–¿Está comiendo bien?
–Sí, sino sabe que no le llevo chocolate.
“Ella murió ¿Por qué no puedo decírselo?”
Isaac frunció el ceño.
–Creo que no me estás contando algo –dijo y comenzó a alejarse–. Avisame si necesita alguna cosa.
Asentí mientras él comenzaba a limpiar su mostrador.
No debí haberle mentido, pero aún no podía aceptarlo, ni siquiera podía pensar en que ella ya no estaba.
Luego de aquella conversación la tarde pasó sin más.
–Aarón, ¿necesitas una mano? –ofreció mi compañero, Maximiliano, al verme levantar una enorme caja.
–No, pero me sirve terminar antes.
Él levantó otra de las cajas, igual de pesada, y en un par de minutos terminamos el trabajo.
–¿Tienes un momento? –preguntó cargando su mochila al hombro.
Me encogí de hombros y asentí, mientras colgaba mi propia mochila a mi espalda y ambos salíamos del local.
–La cosa en la ciudad está cada vez peor.
Enarqué las cejas sin saber a lo que se refería.
–De seguro que no lo sabes, pero hay “cosas” extrañas ocurriendo en la ciudad.
–Si fueses más claro entendería que son esas “cosas” de las que hablas.
Él soltó un suspiro y se detuvo, haciendo que lo imitara. Su rostro se volvió serio antes de continuar hablando.
–Sé como eres, así que no salgas solo por la ciudad, ¿de acuerdo?
–Si hablas de los secuestros, no te molestes. No me va a pasar nada.
–Solo ten cuidado. Esas cosas no perdonan a nadie –dijo resignado, masajeandose la nuca.
No entendía el por qué de su insistencia.
Sacó su celular para ver algo y me dio un empujón juguetón en el hombro.
–Vamos, que es tarde. Tienes que ir a ver a Ellie, ¿no?
Sus palabras me cayeron como un balde de agua fría. Ya no debía ir pero, ¿qué es lo que haría de ahora en más?
Solo asentí hacia Maximiliano a modo de despedida y me alejé en busca de mi coche.
Ya no había razón para volver al hospital.
La luna llena brillaba en todo su esplendor, con un halo plateado que me hizo recordar aquella hoz monstruosa. Su recuerdo también trajo de vuelta todo lo sucedido aquella noche.
No lo entendía, si todo había sido parte de una pesadilla, ¿por qué aquellos sucesos fantaceosos no paraban de llegar a mi mente como si se tratarán de los recuerdos más reales?
–Que maldita porquería, y justo en el peor momento –me quejé sacando una caja de cigarrillos del bolsillo de mi campera, al mismo tiempo que divisaba mi automóvil.
Encendí uno y le di una larga calada mientras no dejaba de maldecir. Se suponía que había dejado de fumar cuando Ellie cayó enferma. Pero aquí estaba, de nuevo en el vicio.
Arrojé la caja y mi cigarrillo a medio terminar cuando llegue al coche. Entré furioso y golpeé la puerta lo más fuerte que pude. Estaba listo para irme de allí de una buena vez, y terminar con aquel día de mierda, cuando unos golpecitos en el cristal de la ventanilla llamaron mi atención.
Claris se veía algo molesta mientras me observaba, estaba seguro de que me había visto fumar. Carajo.
–¿Qué quieres? –exigí bajando la ventanilla. No estaba para que viniera a reprenderme.
–¿Iras a verla? –fue su única pregunta.
Me limité a correr la vista de su rostro, ya estaba harto de las malditas preguntas sobre Ellie.
–¿Le pasó algo? –inspiró aire fuertemente. Cuando volví a verla su expresión había cambiado. Estaba asustada, sus manos cubrían con fuerza su pecho.
–Ya no le pasa nada –respondí tomando una bocanada de aire–. Falleció.
Mis manos comenzaron a temblar, mis ojos se llenaron de lágrimas que no lograban salir.
–Esto es una mierda.
Ella inmediatamente tapó su boca y las lágrimas no tardaron en cruzar su rostro.
–Está no es una broma graciosa –replicó.
–Tampoco es una broma.
Puse el coche en marcha para largarme de allí, pero ella se aferró a la ventanilla con fuerza.
–¿Por qué dejaste que pasara? ¿Por qué no la protegiste? –exigió entre llantos. Ni siquiera me molesté en responderle –¿Por qué eres tan indiferente? –Silencio –¡Al menos dime algo! –gritó y me tomó de la barbilla para mirarme a los ojos.
Siempre había estado a su lado. No permitía que nada le faltase y conocía bien su estado. En aquel momento todo me sonaba a excusas baratas, si al final nada había cambiado.
Ella había fallecido ante mis ojos. Su enfermedad mantuvo desconcertados a los médicos desde el primer momento –resultados positivos para una condición negativa–, cuando cada día se encontraba más débil.
Decían que podría haber perdido las ganas de vivir, pero yo sabía que no se trataba de eso. Siempre había imaginado lo que podría hacer una vez se mejorase, al ver fotografías, al recordar los lugares a los que habíamos ido en familia, ella siempre acababa deseosa de salir de allí. Y nadie podría decirme nunca que no había dado mi alma al cuidarla, al intentar que mejorara. Pero no fue suficiente, nada fue suficiente.
–Solo lárgate, Claris –le dije zafándome de su agarre, y preguntándome si realmente había algo más que podría haber hecho para salvarla.
–Lo siento, me deje llevar. No debí decir tal cosa –se disculpó suavizando su voz.
–Ella estaba enferma, no sé qué más podría haber hecho por ella. Ni los doctores podían hacer algo ¿Y tú piensas que yo la deje morir?
Claris se mantuvo en silencio un segundo, con la cabeza gacha e intentando esquivar mi mirada.
–Lo siento, tienes razón. Tú hiciste lo que pudiste por ella. No fue tu culpa –susurró.
–A mí también me duele que se haya ido. Pero ya no hay nada que hacer.
Sin decir una palabra rodeó el coche y tomó el asiento a mi lado. No quise preguntarle la razón por la que hacía aquello. Así que solo puse en marcha el auto. En el viaje no se intercambió palabra alguna. De vez en cuando la veía secarse las lágrimas discretamente.
En aquel silencio sepulcral llegamos a casa. La invité a tomar un café. Al principio se negó, pero entendió que no la iba a dejar marchar en ese estado.
No pude evitar sentirme incomodo en cuanto entramos a la casa. Se sentía ajena, era como si no me perteneciera.
–Oye, reacciona. No puedes quedarte así…
–¿Desorientado? –inquirí, completando su frase.
–Exacto. Y tienes razón, ya no hay nada que hacer.
–Ahora soy yo el que no entiende.
–Lo que ocurrió no va a cambiar, por mucho que lo deseemos –murmuró con voz apagada, y con un drástico cambio de tono agregó: –. El café que me ofrecías, ¿aún no está?
Caminó hacia la sala y levantó de la mesa un folleto de una pizzería. La miré extrañado.
–¿Café con piza? No es una buena combinación.
–Al igual que nosotros –sonrió relajada al responderme, y no pude evitar contagiarme de ella.
Me fui a preparar el café y cuando regresé, con una taza en cada mano, noté que sus ojos aún seguían llorosos.
–Aquí está su café, ama –dije en tono serio.
Ella se giró hacia mí al oír mi voz y formó una leve sonrisa con sus labios.
–Gracias, Sebastián –contestó en tono burlón siguiéndome el juego.
–¿Sebastián? ¿Por qué tienes que llamarme Sebastián, no pudiste elegir un nombre mejor? –me quejé entrecerrando mis ojos hacia ella, haciéndola soltar una carcajada.
El timbre sonó en un momento, cambiando el clima relajado. En efecto, Claris no había tenido problemas en pedir pizza para el café. Volví con ella dejándola sobre la mesa.
–Realmente son una mala combinación –murmuré mientras comía un trozo de piza y sorbía un trago de mi café.
No había nada de qué hablar, solo continuamos la mala combinación por un tiempo, un tiempo de paz, suficiente para compartir el dolor en silencio. Nos mantuvimos un rato así. Ella me pidió otro café carraspeando la garganta y señalando la piza. Le traje otro café y continuamos en silencio.
Cuando nos dimos cuenta ya era pasada la medianoche. Había decidido acompañarla, pero antes de que lograse cruzar la puerta terminé pidiéndole que se quedara. Ya era muy tarde, y podía ser peligroso. Luego de algunas quejas y reclamos accedió, y yo terminé cediéndole mi habitación mientras tomaba el sillón para mí. Por mi parte, el cansancio me noqueó ni bien apoyé la cabeza en la almohada.
Comencé a toser, el aire era pesado y había olor a descomposición. Lo que veía no me resultó muy agradable. Había manchas rojizas en el suelo asfaltado. Alcé la vista y allí pude apreciar una ciudad en ruinas. Escuché un gruñido a mi espalda y lentamente fui volteando, esperando que se tratara de algún perro callejero. Pero cuando lo tuve frente a mí, y vi esos colmillos llenos de sangre, un golpe me aturdió por completo. Y allí me caí del sillón.
¿Qué mierda había sido eso?, me pregunté con un escalofrío mientras tapaba mi boca evitando las arcadas. Me tomo un par de minutos detener las náuseas y ponerme en pie para arrimarme a la puerta cerrada de mi habitación. Esperaba no haber despertado a Claris.
No creía poder dormir luego de aquella pesadilla, así que fui a prepárame el desayuno. Todo estaba silencioso, por lo que me tomó por sorpresa ver a Claris tras de mi cuando me giré, con taza en mano, para dirigirme al salón. Me froté el pecho en silencio, intentando aliviar el intenso pinchazo y que no notara el susto que me había llevado por su culpa. Aunque por la sonrisa que cruzaba su rostro parecía que si lo había hecho.
Me quitó la taza de las manos y se alejó de la cocina sin más, dejándome sin otra opción que servirme otra taza de café. Al llegar a la mesa me abordó con una pregunta tediosa.
–¿Qué harás sobre la habitación de Ellie y sus cosas? –cuestionó apuntándome con su cuchara.
–La mantendré así por ahora. Ya pensaré que hacer luego –Refregué mi cara con las manos. No quería hablar de Ellie tan temprano.
–¿Estarás bien solo?
Con aquella pregunta no pude hacer más que alzar la vista hacía ella sorprendido. Se encontraba observándome fijamente mientras sostenía la taza aún en sus labios.
–Sí, no es problema alguno –respondí, evitando mirarla al pronunciar las palabras. ¿Qué estaba insinuando?
–No olvides que puedes contar conmigo.
–Lo tendré en cuenta.
No tenía intenciones de pedirle nada a nadie.
Hablamos un rato más y luego la acompañé a su casa.
–Lamento molestarte tanto –musitó, una vez llegamos a la puerta de su casa.
–Normalmente lo haces, pero esta vez no fue una molestia.
Con un asentimiento de cabeza y una pequeña sonrisa entró en la vivienda, donde ya no pude verla.
Regresé a casa para luego irme a trabajar, o al menos esa era la intención. Caminé un par de pasos y perdí el control de mi cuerpo, cayendo sobre la alfombra que Ellie había elegido para la sala, la cual descubrí que poseía unos pequeños lunares rojos.

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